Retazos de Donde Mueren los Dioses. Los inocentes también van al infierno.
Bienvenidos a mi mundo. En este primer post te qiería mostrar un pequeño relato ambientado en el universo de la novela original que tengo en proceso. Aún está en pañales, pero me gusta ir haciendo cositas para no perder el ritmo. Entre las horas de oficina (a día de la fecha desempleado y en búsqueda desesperada .-.), los fic y todas las otras ideas que se me vienen a la cabeza de tanto en tanto, me disperso con facilidad.
Aún así, logré escribir esto. Es especial, ya que es la primer pieza de contenido 100% mío. Espero que te guste!
Limando la Ceniza
El crujir de unas sandalias de madera con plataforma al pisar ceniza, huesos y vigas carbonizadas parecía silenciar el crepitar de las últimas llamas. El terciopelo negro medianoche de una túnica impecable susurraba al abrirse paso hacia el epicentro de la catástrofe. Allí, entre los escombros humeantes, la figura gris y traslúcida de un niño yacía acurrucada junto a un cadáver. Con los ojos inyectados en sangre y el rostro manchado de hollín y lágrimas, el espectro lloraba desconsoladamente, aferrándose a los restos carbonizados que apenas conservan forma humana.
—Es tiempo de partir, niño. Solo quedas tú. —Una voz grave y aterciopelada resonó desde las espaldas del infante—No tenemos mucho tiempo.
—¡NO! Quiero ir con mi hermano. Se lo han llevado—El niño giró lentamente su rostro, aún empapado en sudor y lágrimas que se desvanecieron antes de tocar el suelo. Al alzar la vista, se topó con una figura alta e imponente. La luz moribunda de las brasas resbalaba sobre un rostro aristocrático de una simetría tan perfecta que resulta incómoda, casi dolorosa de ver. Dos lascas de hielo celeste, tan gélidas como glaciares, lo escrutaban desde esa tez pálida e inmutable, enmarcada por el cabello corto y negro como ala de cuervo—¡TÚ TE LO LLEVASTE!
—Tu hermano ya ha cruzado el Velo. Eres el último. El momento de unirse al Rebaño ha llegado.
El niño negó frenéticamente con la cabeza, manchando de lágrimas y mucosidad el trozo de carne quemada al que se aferraba con uñas y dientes, temblando hasta dejar oír sus dientes castañeteando.
—Despiértelo… Por favor, señor… No me lleve todavía. —La voz del jovenzuelo comenzaba a estrangularse en su garganta, dejando salir solamente un sollozo ahogado parecido a un berrinche—. Le prometo que nos portaremos bien. No volveremos a robar leña, se lo juro. Pero sálvelo. No me deje ir solo a lo oscuro.
El sonido del llanto contenido golpeó la garganta de Nictos hasta atravesársele como una nuez en medio de las vías respiratorias. El aire caliente de la cabaña se le impregnaba directamente en los pulmones, pero era el hedor a azufre y carne chamuscada lo que ocasionaba el temblor casi imperceptible de su puño derecho. Un hilo carmesí comienzaó a brotar y caer en gotas acompasadas sobre los restos carbonizados.
—No hay oscuridad del otro lado. Podrás ver a tu hermano muy pronto. —Su voz aterciopelada era como un cuchillo cortando la seda—. Habrá pan.
—¡Mentira! —El niño se arrastró hasta quedar encima del cadáver calcinado. Sus ropas y sus manos se impregnaron del poco líquido que aún retenía el cuerpo, pero resbalaron y cayeron al suelo unos segundos después. El infante levantó la vista. Sus ojos grandes se oscurecieron de golpe, adquiriendo el tono grisáceo y aceitoso de una tormenta.
—No fue él. Su trozo de pan era el más grande. No era justo. Quería coger otro trozo, me rugía la tripa como un tigre. Le empujé para quitárselo y chocó contra el candil… —El niño se agarró la cabeza con ambas manos y comenzó a sollozar mirando el montículo de carne. El hedor a azufre que desprendía penetró por sus fosas nasales, mezclándose con los fluidos y la sangre. Al sentirlo, comenzó a tirar de su cabello hasta arrancarse varios mechones cubiertos de hollín y ceniza
—Todo fue rápido. Él solo intentó cubrirme del fuego. —La voz del niño ya no sonaba como antes.
Una nota metálica ahora se presentaba en su rabieta. Los dedos de sus manos regordetas se tiñeron poco a poco de un negro aceitoso que reptaba lentamente por sus antebrazos.
Nictos exhaló, una bocanada lenta y controlada que empañó el aire frío que se filtraba por el techo derrumbado. Se sacudió el hollín de las mangas de su túnica mientras observaba al niño detenidamente. El hedor a carne asada y la confesión del infante chocaron como un ariete contra una gran puerta de hierro. Por un instante su perturbadora belleza se descompuso. La máscara de hielo se agrietó; los glaciares de sus ojos se fracturaron y un par de mechones azabaches cayeron desordenados sobre su frente pálida, amenazando con dejar salir el terror de sus propios recuerdos
.
Una mueca de desagrado es todo lo que consiguió manifestar. Aprietó los dientes hasta sentir el sabor a hierro en la boca mientras sus dientes rechinaban como escarcha a punto de desprenderse. Agitó rápidamente una de sus manos de uñas negras en dirección al niño. Brillantes cadenas blancas se arrastraron desde su muñeca hasta el cuerpo del niño sollozante, inmovilizándolo y apretando hasta dejarle sin aliento. Las cadenas siseaban al entrar en contacto con los brazos regordetes que aún aferran el montículo calcinado del rincón; el negro aceite que subía por sus brazos se detuvo en seco. Un grito desgarrador, como uñas raspando una pizarra, salió de la garganta estrangulada de aquella pequeña figura en el suelo envuelta en luz blanca.
—¡Déjeme! ¡Solo quiero quedarme con él! —gritaba el niño mientras se retorcía inútilmente como un animal atrapado en una jaula demasiado pequeña para su tamaño.
El Liminar no pronunció palabra de consuelo. Su garganta aún estaba atravesada por un terror incapacitante. Con la mano libre, alzó dos dedos y rasgó el aire gélido de la cabaña de arriba hacia abajo. Una fisura en el espacio se abroó con apariencia lechosa y sinuosa, como tela siendo rasgada de un limpio corte de machete o espada en forma vertical.
Una luz aséptica, mortecina y con olor a cloro y rancios perfumes comenó a derramar sobre los escombros humeantes. Sin dudarlo un segundo más, Nictos dió un violento tirón hacia atrás con su brazo encadenado.
La fuerza del Liminar arrancó de cuajo al niño de los restos carbonizados con la brutalidad de un verdugo. El pequeño cuerpo grisáceo y negro salió despedido por los aires, pasando por el lado de Nictos con los ojos desorbitados y la cara repleta de lágrimas transparentes.
—¡NO! ¡MI HERMANO! —es el último eco que alcanzó a abrirse paso de la garganta del jovenzuelo antes de ser engullido en su totalidad por aquella membrana de luz blanca.
El Velo lo engullió al instante. La luz estéril chocaba contra la negra sustancia, produciendo un destello que cegaba la habitación. Luego, la grieta se selló sobre sí misma con un chasquido, borrando el último lamento del niño de la faz de la tierra. El silencio volvió a caer sobre las ruinas, interrumpido únicamente por el crepitar de alguna viga a medio consumir.
Nictos se queda solo. Respiraba de forma entrecortada, con el pecho subiendo y bajando bajo la tela oscura, a solas frente al cadáver de un hermano mayor que sacrificó todo por nada.
Poco a poco, el Liminar aflojó la tensión de su mandíbula. Tragó el sabor a hierro de su propia sangre. Baja la mirada hacia sus brazos y, con movimientos casi mecánicos, lentos y calculados, comenzó a sacudir la ceniza y el hollín que habían manchado las impecables mangas de su túnica de terciopelo medianoche.
Dió media vuelta y camin+o hacia la noche abierta, alejándose de la cabaña. El terciopelo volvió a susurrar contra el lodo, las sandalias de madera volvieron a acompasar sus pasos como un metrónomo, pero por más que el viento soplaba y la lluvia comenzaba a caer, no exitía agua en este mundo capaz de lavar la ceniza que llevaba atascada en la garganta.
Este relato es la primer pieza de 'Donde mueren los Dioses', el universo original en el que estoy trabajando actualmente. Nictos es un personaje que me acompaña hace tiempo, pero es la primera vez que logro plasmar su frialdad en papel. Si te ha gustado, te invito a seguir explorando este mundo conmigo. Cada 'cafecito' en Ko-fi ayuda a que este taller siga abierto y a que estas historias tengan el tiempo que merecen. Gracias por leer!
El crujir de unas sandalias de madera con plataforma al pisar ceniza, huesos y vigas carbonizadas parecía silenciar el crepitar de las últimas llamas. El terciopelo negro medianoche de una túnica impecable susurraba al abrirse paso hacia el epicentro de la catástrofe. Allí, entre los escombros humeantes, la figura gris y traslúcida de un niño yacía acurrucada junto a un cadáver. Con los ojos inyectados en sangre y el rostro manchado de hollín y lágrimas, el espectro lloraba desconsoladamente, aferrándose a los restos carbonizados que apenas conservan forma humana.
—Es tiempo de partir, niño. Solo quedas tú. —Una voz grave y aterciopelada resonó desde las espaldas del infante—No tenemos mucho tiempo.
—¡NO! Quiero ir con mi hermano. Se lo han llevado—El niño giró lentamente su rostro, aún empapado en sudor y lágrimas que se desvanecieron antes de tocar el suelo. Al alzar la vista, se topó con una figura alta e imponente. La luz moribunda de las brasas resbalaba sobre un rostro aristocrático de una simetría tan perfecta que resulta incómoda, casi dolorosa de ver. Dos lascas de hielo celeste, tan gélidas como glaciares, lo escrutaban desde esa tez pálida e inmutable, enmarcada por el cabello corto y negro como ala de cuervo—¡TÚ TE LO LLEVASTE!
—Tu hermano ya ha cruzado el Velo. Eres el último. El momento de unirse al Rebaño ha llegado.
El niño negó frenéticamente con la cabeza, manchando de lágrimas y mucosidad el trozo de carne quemada al que se aferraba con uñas y dientes, temblando hasta dejar oír sus dientes castañeteando.
—Despiértelo… Por favor, señor… No me lleve todavía. —La voz del jovenzuelo comenzaba a estrangularse en su garganta, dejando salir solamente un sollozo ahogado parecido a un berrinche—. Le prometo que nos portaremos bien. No volveremos a robar leña, se lo juro. Pero sálvelo. No me deje ir solo a lo oscuro.
El sonido del llanto contenido golpeó la garganta de Nictos hasta atravesársele como una nuez en medio de las vías respiratorias. El aire caliente de la cabaña se le impregnaba directamente en los pulmones, pero era el hedor a azufre y carne chamuscada lo que ocasionaba el temblor casi imperceptible de su puño derecho. Un hilo carmesí comienzaó a brotar y caer en gotas acompasadas sobre los restos carbonizados.
—No hay oscuridad del otro lado. Podrás ver a tu hermano muy pronto. —Su voz aterciopelada era como un cuchillo cortando la seda—. Habrá pan.
—¡Mentira! —El niño se arrastró hasta quedar encima del cadáver calcinado. Sus ropas y sus manos se impregnaron del poco líquido que aún retenía el cuerpo, pero resbalaron y cayeron al suelo unos segundos después. El infante levantó la vista. Sus ojos grandes se oscurecieron de golpe, adquiriendo el tono grisáceo y aceitoso de una tormenta.
—No fue él. Su trozo de pan era el más grande. No era justo. Quería coger otro trozo, me rugía la tripa como un tigre. Le empujé para quitárselo y chocó contra el candil… —El niño se agarró la cabeza con ambas manos y comenzó a sollozar mirando el montículo de carne. El hedor a azufre que desprendía penetró por sus fosas nasales, mezclándose con los fluidos y la sangre. Al sentirlo, comenzó a tirar de su cabello hasta arrancarse varios mechones cubiertos de hollín y ceniza —Todo fue rápido. Él solo intentó cubrirme del fuego. —La voz del niño ya no sonaba como antes. Una nota metálica ahora se presentaba en su rabieta. Los dedos de sus manos regordetas se tiñeron poco a poco de un negro aceitoso que reptaba lentamente por sus antebrazos.
Nictos exhaló, una bocanada lenta y controlada que empañó el aire frío que se filtraba por el techo derrumbado. Se sacudió el hollín de las mangas de su túnica mientras observaba al niño detenidamente. El hedor a carne asada y la confesión del infante chocaron como un ariete contra una gran puerta de hierro. Por un instante su perturbadora belleza se descompuso. La máscara de hielo se agrietó; los glaciares de sus ojos se fracturaron y un par de mechones azabaches cayeron desordenados sobre su frente pálida, amenazando con dejar salir el terror de sus propios recuerdos .
Una mueca de desagrado es todo lo que consiguió manifestar. Aprietó los dientes hasta sentir el sabor a hierro en la boca mientras sus dientes rechinaban como escarcha a punto de desprenderse. Agitó rápidamente una de sus manos de uñas negras en dirección al niño. Brillantes cadenas blancas se arrastraron desde su muñeca hasta el cuerpo del niño sollozante, inmovilizándolo y apretando hasta dejarle sin aliento. Las cadenas siseaban al entrar en contacto con los brazos regordetes que aún aferran el montículo calcinado del rincón; el negro aceite que subía por sus brazos se detuvo en seco. Un grito desgarrador, como uñas raspando una pizarra, salió de la garganta estrangulada de aquella pequeña figura en el suelo envuelta en luz blanca.
—¡Déjeme! ¡Solo quiero quedarme con él! —gritaba el niño mientras se retorcía inútilmente como un animal atrapado en una jaula demasiado pequeña para su tamaño.
El Liminar no pronunció palabra de consuelo. Su garganta aún estaba atravesada por un terror incapacitante. Con la mano libre, alzó dos dedos y rasgó el aire gélido de la cabaña de arriba hacia abajo. Una fisura en el espacio se abroó con apariencia lechosa y sinuosa, como tela siendo rasgada de un limpio corte de machete o espada en forma vertical. Una luz aséptica, mortecina y con olor a cloro y rancios perfumes comenó a derramar sobre los escombros humeantes. Sin dudarlo un segundo más, Nictos dió un violento tirón hacia atrás con su brazo encadenado.
La fuerza del Liminar arrancó de cuajo al niño de los restos carbonizados con la brutalidad de un verdugo. El pequeño cuerpo grisáceo y negro salió despedido por los aires, pasando por el lado de Nictos con los ojos desorbitados y la cara repleta de lágrimas transparentes.
—¡NO! ¡MI HERMANO! —es el último eco que alcanzó a abrirse paso de la garganta del jovenzuelo antes de ser engullido en su totalidad por aquella membrana de luz blanca.
El Velo lo engullió al instante. La luz estéril chocaba contra la negra sustancia, produciendo un destello que cegaba la habitación. Luego, la grieta se selló sobre sí misma con un chasquido, borrando el último lamento del niño de la faz de la tierra. El silencio volvió a caer sobre las ruinas, interrumpido únicamente por el crepitar de alguna viga a medio consumir.
Nictos se queda solo. Respiraba de forma entrecortada, con el pecho subiendo y bajando bajo la tela oscura, a solas frente al cadáver de un hermano mayor que sacrificó todo por nada.
Poco a poco, el Liminar aflojó la tensión de su mandíbula. Tragó el sabor a hierro de su propia sangre. Baja la mirada hacia sus brazos y, con movimientos casi mecánicos, lentos y calculados, comenzó a sacudir la ceniza y el hollín que habían manchado las impecables mangas de su túnica de terciopelo medianoche.
Dió media vuelta y camin+o hacia la noche abierta, alejándose de la cabaña. El terciopelo volvió a susurrar contra el lodo, las sandalias de madera volvieron a acompasar sus pasos como un metrónomo, pero por más que el viento soplaba y la lluvia comenzaba a caer, no exitía agua en este mundo capaz de lavar la ceniza que llevaba atascada en la garganta. Este relato es la primer pieza de 'Donde mueren los Dioses', el universo original en el que estoy trabajando actualmente. Nictos es un personaje que me acompaña hace tiempo, pero es la primera vez que logro plasmar su frialdad en papel. Si te ha gustado, te invito a seguir explorando este mundo conmigo. Cada 'cafecito' en Ko-fi ayuda a que este taller siga abierto y a que estas historias tengan el tiempo que merecen. Gracias por leer!
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