Teaser: Fuego, Sange y Seda. Capítulo 7.

 Miércoles 1/7/2026  00:20hs. Estoy escribiendo el capítulo 7 del fic. En este capítulo hay una escena que quizá para algunos puede resultar demasiado gráfica o poco apropiada. Para mí? Para mí es el reflejo perfecto de la psicología de los dos personajes que estamos explorando en esta historia. Cuando las personas son llevadas al límite, sus más oscuros impulsos, primitivos y animales, florescen de las formas menos pensadas. No diré nada más. Solamente quería dejarles un pequeño Teaser de lo que verán el próximo sábado.






Nictos no se movió. Tenía la cabeza ladeada, el labio partido goteando una línea oscura que se perdía en su ropa destrozada. Pero sus ojos dispares, fijos en la mirada desencajada del príncipe, no mostraban la derrota que Jace necesitaba desesperadamente encontrar. Había algo más. Una fijeza helada, una burla que sobrevivía a los golpes y los hematomas.


—¿Esto es todo, Jacaerys? —la voz del extranjero salió arrastrada, pastosa por la sangre con un toque burbujeante en el interior—. ¿Vas a matarme aquí? Hazlo. Pero apresúrate, que el sol no va a esperar a tu madre. Y ella no estará feliz de que su hijo termine de sepultar su trono perdiendo a otro dragón.

Jace apretó más los dedos, haciendo crujir las costillas del liseno con el peso de sus rodillas. La frustración le subió por el pecho como una oleada de fuego negro.

—Cállate —siseó Jace, pero el tono ya no tenía la fuerza de una orden. Era un ruego violentamente quebrado por el espasmo de los sollozos que empujaban por salir desde su laringe.

Nictos soltó una risa corta, un chasquido húmedo que le manchó los dientes de rojo.


—Mírate —susurró el liseno, obligándose a levantar un poco la barbilla, buscando el rostro del príncipe a pesar del dolor que le recorría la espalda—. El Heredero. El futuro Príncipe de todo Poniente. Está temblando sobre un puto de burdel extranjero porque no tiene a dónde más ir. No tienes nada tuyo. Ni el cielo, ni su propio nombre.

El golpe final no fue con los puños. Jace soltó una de las muñecas de Nictos y le aferró la mandíbula con la mano libre, obligándolo a clavar la nuca contra la piedra. El agarre fue tan bruto que los dedos del príncipe se hundieron en la piel tierna bajo la oreja. La tensión acumulada en el aire, el olor a menta, azufre y sudor resbaladizo que los envolvía, mutó en una urgencia distinta, igual de sucia, igual de desesperada.

Jace se inclinó del todo, aplastando su boca contra la de Nictos. Un choque de dientes y lenguas torpes y agrias que buscaba ahogar las palabras del liseno en su propia sangre. Nictos soltó un gemido ahogado por la sorpresa, el sabor metálico inundando la lengua de ambos mientras el príncipe le mordía el labio herido con una saña maníaca.



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